Tigre: Historia sobre la “Masacre de Pacheco”

La Masacre de Pacheco pretendió dejar un mensaje bien claro en el movimiento obrero.

Nada volvería a ser igual en el Talar, General Pacheco, después de la madrugada del 30 de mayo de 1974. A las 00:30 horas cinco automóviles rodearon la esquina de Brasil y Belgrano e ingresaron al local partidario que el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) tenía en la zona. Entre 15 y 20 individuos armados, luciendo camperas de cuero y con un brazalete de color claro que los identificaba entre sí, irrumpieron forzando la puerta de entrada y saltando por los techos mientras se encontraban varios militantes en el lugar.

Se abrieron paso con más de cien disparos. Golpearon a quienes estaban adentro, quemaron ropa, colchones,  se llevaron máquinas de escribir y un mimeógrafo. Pero no sólo eso, secuestraron a seis militantes: tres mujeres y tres hombres. Mientras que las primeras fueron liberadas unas horas más tarde, los tres militantes socialistas fueron acribillados. Sus cuerpos aparecieron en un descampado de Pilar rodeados de casquillos y cápsulas de calibre 9 y 11.25. El local quedó destrozado y fue incendiado. Fueron los vecinos del barrio los que apagaron el fuego y lograron sacar algunas cosas cuando la banda se escapó de la zona.

Las víctimas fueron Oscar Dalmasio Meza, Antonio Moses y Mario Zidda. “Hijitus”, “toni” y “el tano” para los amigos y compañeros. Ninguno superaba los 27 años. Nada fue al azar. Tanto el accionar violento en el local como la puesta en escena de los cuerpos tenían el objetivo de dejar un mensaje bien claro.

Era la primera vez que una banda paraestatal ingresaba a un local partidario legal de la forma en que lo hizo. Pero el hecho no sólo fue contra la izquierda sino contra el movimiento obrero de conjunto, particularmente contra una vanguardia en el gremio de los metalúrgicos que estaba ganando mucho terreno en la zona norte del Gran Buenos Aires,  una historia poco conocida.

El único miembro de la patota que pudo ser reconocido por una de las militantes secuestradas fue Julio Yessi. Dirigente de la Jotaperra y mano derecha de López Rega.

“La masacre de Pacheco tuvo enorme repercusión a nivel nacional. Quedaba al descubierto el accionar de bandas paraestatales de una forma novedosa y brutal”.

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Se abrieron paso con más de cien disparos. Golpearon a quienes estaban adentro, quemaron ropa, colchones,  se llevaron máquinas de escribir y un mimeógrafo. Pero no sólo eso, secuestraron a seis militantes: tres mujeres y tres hombres. Mientras que las primeras fueron liberadas unas horas más tarde, los tres militantes socialistas fueron acribillados. Sus cuerpos aparecieron en un descampado de Pilar rodeados de casquillos y cápsulas de calibre 9 y 11.25. El local quedó destrozado y fue incendiado. Fueron los vecinos del barrio los que apagaron el fuego y lograron sacar algunas cosas cuando la banda se escapó de la zona.

Las víctimas fueron Oscar Dalmasio Meza, Antonio Moses y Mario Zidda. “Hijitus”, “toni” y “el tano” para los amigos y compañeros. Ninguno superaba los 27 años. Nada fue al azar. Tanto el accionar violento en el local como la puesta en escena de los cuerpos tenían el objetivo de dejar un mensaje bien claro.

Era la primera vez que una banda paraestatal ingresaba a un local partidario legal de la forma en que lo hizo. Pero el hecho no sólo fue contra la izquierda sino contra el movimiento obrero de conjunto, particularmente contra una vanguardia en el gremio de los metalúrgicos que estaba ganando mucho terreno en la zona norte del Gran Buenos Aires,  una historia poco conocida.

El único miembro de la patota que pudo ser reconocido por una de las militantes secuestradas fue Julio Yessi. Dirigente de la Jotaperra y mano derecha de López Rega.

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